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Un Hombre Tranquilo





Miguel Ángel Rodríguez Chuliá















































































Estos son malos tiempos.

Los hijos han dejado de obedecer a sus padres

y todo el mundo escribe libros.”



Marco Tulio Cicerón

(106 AC—43 AC)
















































































PROLOGO


Alicia despertó e intentó convencerse a sí misma que lo de estar sola en la cama sólo era porque su marido estaba de servicio. Pero ella sabía que no era así, su instinto policial le decía que la confesión de la noche anterior era cierta y que él no mentía cuando le dijo que “abandonaba la casa”, expresión que copió su mente al dedillo de algún reality de éxito, porque la quería un montón, era la madre de su hijo y por eso no quería seguir engañándola ni un minuto más. Que había una tercera persona, una persona que le llenaba y se iba a vivir con ella. Todo había terminado.

Todavía estaba esperando a que su cerebro pudiera resetearse con eficiencia y distinguiera qué parte era pesadilla y qué parte realidad. La sensación era como una de esas pesadillas que la hacían a veces despertar aterrorizada o llorando, o como uno de esos sueños húmedos que hacían que ella también despertara húmeda.

Si finalmente, cuando desapareciera el atontamiento existencial que le proporcionó el Valium 10 que tomó la noche anterior, trasegado con un vaquerito de whisky, se confirmaban sus peores pesadillas, despertaría al pequeño y se iría a casa de sus padres una temporada hasta poder vender el piso.

La magia de la incertidumbre se rompió cuando Alicia hizo la croqueta en la cama y comprobó que la mesita de noche de él estaba vacía.























DOS AÑOS DESPUÉS



















1


En Heathrow no hay nada tan común ni poco original que alguien que viaja sólo.

En la fila de facturación de equipajes, unas cien personas para canjear su billete por la tarjeta de embarque, esperando aburridos con su equipaje embalado en ese plástico que dispensan las máquinas en todos los aeropuertos y que, realmente, no sirve para que no te revienten la maleta ni para nada.

En medio de la fila, un tipo solo, con una chaqueta de cuero marrón y una bolsa de mano, mirando de vez en cuando furtivamente a los policías que vigilaban por rutina a los viajeros. Uno de los policías dirigía a un perrillo adicto a la coca y al hachís que esperaba satisfacer su necesidad de ponerse ciego olisqueando las maletas de todos los viajeros que estaban en la fila, porque así lo habían entrenado a base de convertirlo en un yonqui, intentando descubrir a alguien que pudiera ser un colega más que le invitara a algo.

Niños aburridos en la cola, alborotando, llorando después de una hora o más de espera; parejas de recién casados o de amantes ilusionados con su viaje a Valencia con escala en Madrid. Y un grupo de jóvenes con gorritos de paja con cintas rojas y, en ellas, con letras blancas en mayúsculas: "IBIZA"; turismo de baja estofa, embelesado por la falsa promesa de sexo gratis en playas cuasi tropicales y, eso sí, unos días de borrachera segura al punto de un coma etílico sin que te moleste la policía.

Condiciones necesarias ambas para que un país viva, en parte, de jóvenes que sueñen con el sexo a cambio de nada, y que todos paguen cuando se den cuenta de que hay que utilizar el plan “B” y no les quede otra que pagar por sexo; o el “C”, y puedan beber hasta casi matarse sin que encuentren a alguien que se lo impida. Los planes “B” son importantes, siempre hay que tener al menos uno.

Hay que estudiar siempre los itinerarios de tus compañeros de viaje, nunca se sabe con quién va uno a viajar. Este era el vuelo perfecto.

El pastor protestante de la parroquia cercana al aeropuerto tenía la cristiana costumbre de visitar todos los días la fila de facturación y, después, la de embarque, intentando aliviar el miedo al desastre aéreo que muchos pasajeros sentían, un temor común, no solo en Heathrow, sino en todos los aeropuertos del mundo. Miedo no confesado, pero presente en todos los que saben que el avión es uno de los medios de transporte más seguros que existen, por no decir el que más, salvo cuando se precipita al suelo a una velocidad de espanto y que, cuando eso sucede, nadie se salva al desintegrarse el cacharro contra el suelo a 800 kilómetros por hora; bueno, sí, en “Perdidos” se salvan casi todos, en islas desiertas, solo habitadas por tías sobrevivientes casi en pelotas y con la manicura francesa perfecta y la depilación brasileña que imagina el espectador que deben llevar.

Cuando alguien vuela, sabe que no será nunca un protagonista de “Perdidos” si el bicho se cae.

El pastor se acercó a un hombre regordete, desaliñado y sudoroso, que parecía estar dudando entre formar parte de la cola de facturación o marcharse de allí, y se interesó por su lugar de procedencia, los motivos de su viaje y si era la primera vez que volaba.

El hombre no lo miró directamente a los ojos, simplemente espetó una sencilla frase en un inglés casi sin acento, mirando a un lado y a otro de la fila de facturación y, con una sinceridad calculada, afirmó:

—Padre, me da miedo volar.

—No tienes de qué preocuparte hijo, todos los días salen de este aeropuerto cientos de miles de personas hacia todos los destinos del mundo. La capilla está cerca del aeropuerto porque mucha gente que viaja va hasta allí para rezar. Tienes tiempo de sobra. ¿Has rezado ya?

—No. Solo me apetecía hablar con alguien.

—Yo también estoy aquí para eso.

Estuvieron hablando una media hora, y el pastor pudo saber que el hombre estaba allí por viaje de negocios, que era español y volvía a Madrid, aunque no era madrileño y no era la primera vez que volaba, aunque le seguía dando miedo volar.

El anónimo viajero le pidió al pastor que le acompañara, al menos, hasta que facturara su equipaje y, después de unos segundos de duda por la posibilidad de descuidar más ovejas, el pastor accedió y los dos se dirigieron, hablando de cosas ya intrascendentes, hacia la fila de facturación. No hay ninguna duda, los ángeles existen, y el pastor era uno de ellos.

Cuando llegaron, los policías y el perrillo miraron a la extraña pareja que se colocó al final de la fila y reconocieron al pastor saludándole con un gesto discreto con la cabeza, fijando su atención en el tipo de la cazadora de cuero marrón.

  • ¿Documentación?

El tipo, que estaba casi ya llegando al puesto de facturación, sacó temblando su documentación y su billete, los policías le dijeron que dejara la bolsa de mano en el suelo.

Todo estaba en regla hasta para el perrillo, sin embargo los policías le invitaron a acompañarles a una estancia más discreta para inspeccionar la bolsa de mano. El hombre, a voces, se negó aduciendo que no procedía tal registro, que todo estaba en regla, pero los policías le apartaron de la fila y esta vez no hubo invitación, se lo llevaron casi en volandas. El espectáculo continuó y todos siguieron facturando.

El pastor acompañó al viajero para que se sintiera seguro hasta que facturó su maleta, único equipaje, aparte de una bolsa de mano. El hombre, de forma tranquila y emotiva, abrazó al pastor y le dio las gracias por haberle reconfortado.

Justo cuando el equipaje estaba en la cinta y pasaba por debajo de la máquina de rayos, el pastor saludó de manera cordial a la funcionaria encargada de visionar el contenido de los equipajes, y aquella le correspondió con algún comentario amable que el hombre no entendió al cien por cien mientras la bolsa de mano de él volaba hacia el otro lado, y una vez pasada la máquina de rayos X, se dirigió a la sala de VIP, y esperó.

Aquel santo varón había cumplido a la perfección su involuntaria misión: la funcionaria no había mirado la imagen de su equipaje de mano ni de su maleta. El pastor y él ya eran coleguitas y la funcionaria conocía al pastor, todos los días estaba allí. Para un pastor protestante es importante apartar al lobo de su rebaño, y había sido toda una suerte que, en el intento de hacerlo, hubiera hecho entrar al lobo en él. La funcionaria, que lo conocía perfectamente, hizo su trabajo a medias: los amigos de mis amigos son mis amigos. Y el hombre facturó su equipaje sin mayor atención de la funcionaria que un asentimiento rápido con la cabeza mientras esta saludaba al pastor.

A los veinte minutos, por el megáfono, una señorita sobreactuó declamando, con voz sugerente y entrecortada, las puertas de embarque y el horario estimado de partida, con un tono que se asemejaba más a una mujer mientras se masturbaba a punto de alcanzar un orgasmo, que el tono de alguien que debe informar a los pasajeros de la puerta de embarque correcta y la hora estimada de salida.

Pensó que en todos los aeropuertos del mundo pasaba lo mismo, no era nada difícil imaginarse a aquella anónima chica sentada, con las bragas bajadas masturbándose, pero no sin decir, antes del clímax, en cuatro o cinco idiomas:

“Pasajeros del vuelo 123 a Madrid, diríjanse a la puerta de embarque 5, la salida está programada en diez minutos”. Toda una habilidad.

El hombre de la cazadora de cuero salió del aeropuerto, había perdido el vuelo como estaba previsto que sucediera, miró a un lado y a otro, pero no vio a nadie, pensó que una vez más le habían engañado, la vida de un roba gallinas como él no era nada fácil, podía ser el “chungo” de su barrio, pero aquella gente educada y tranquila que le había contratado en el Seven Sisters de Londres, mientras alternaba con sus colegas en un Pub, le ponía los pelos de punta, estaba convencido de que no cobraría nada por aquella pantomima, aunque bien pensado sólo era una mañana perdida, no había corrido ningún riesgo como le aseguraron, aunque estaba seguro de que alguien que no debía pasar los filtros de seguridad aquella mañana, había embarcado en ese avión gracias a su “escenita” con la policía y, desde luego, no iba a hacer ni un solo intento para buscar a aquella gente si no le pagaban. Decidió esperar cinco minutos más a ver si había suerte, cuando desde atrás una voz femenina le ordenó, en un inglés con un acento inidenficable y casi perfecto:

—Enciende un cigarrillo, da dos caladas y apágalo en la papelera que está detrás de ti. Allí verás una bolsa de Camel para liar, aparentemente vacía, cógela. Dentro está lo pactado.

El hombre de la cazadora de cuero marrón intentó darse la vuelta para ver a su interlocutora, pero desistió cuando aquella le dio un gran consejo:

—No lo hagas chico. No es necesario.

Después de pagar lo convenido a aquel roba gallinas, Marta entró al aeropuerto, terminal salida, y esperó. Solo faltaban dos horas para que saliera el siguiente vuelo hacia Madrid.



































2



— ¿Atocha, por favor?

El taxista, le preguntó al hombre si tenía algún itinerario preferido.

—No conozco Madrid. La vía más rápida, estoy cansado. Se puso los cascos de su smart phone y eligió una lista de reproducción, ojeó un plano turístico de la ciudad mientras subrayaba con un bolígrafo de publicidad y, después de Bells of hell y de un par de temas de Gun’s and roses, el taxista paró. El hombre había evitado la conversación vacía de los taxistas: fútbol, mujeres, política... y preguntas personales que no estaba dispuesto a contestar ni a inventar una respuesta.

Pagó la carrera y entró en Atocha, se relajó unos minutos admirando el fabuloso jardín tropical que está dentro de la estación, y recordó el olor a agua empantanada y turbia en la que pescaba de niño en su tierra, a 38 grados de temperatura y el 70% de humedad en verano, llena de cañas, manglares, repleta de vida invisible, salvo por los peces, que se arremolinaban en torno al cebo de harina, disputándose, sin saberlo, el primer puesto para morir. Recordó también el brillante rojo del corcho que flotaba bamboleándose a la deriva, hasta quedar de lado cuando conseguía, si se desplazaba demasiado, tensar el hilo; y la aparente fragilidad de las libélulas, cuando en verano sobrevolaban como helicópteros un paisaje que, a vista de pájaro, bien podría haber sido Vietnam, tapizado de campos de arroz y de acequias.

Si el corcho se ponía recto o se hundía, era señal de picada y anuncio de que algo moriría pronto; y recordó también la satisfacción personal de la primera pieza cobrada en su vida y el orgullo con que lleva a casa un niño de 10 años un animal sacado de su medio violentamente para que muera de una forma horrible: por asfixia, para acabar después en la basura. Se quedó mirando a aquel agonizante ser, dentro de una botella de agua vacía, cortada por la mitad, boqueando como si pudiera extraer el oxigeno del aire, convulsionado y dando coletazos en el interior de la botella que sería su improvisada tumba, y recordó también que cuando su madre le pregunto por qué no había llenado la botella con agua él con la sincera inocencia del niño que en aquellos años era, sólo le respondió:


―Es que nunca he visto como se muere algo, mamá.


Es lo que hay. Le pareció un lugar ideal para descansar unos minutos. Después, se dirigió a una dispensadora de billetes automática y compró un billete abierto hacia ningún lugar, pagando en metálico.

Salió de la estación con su maleta, con paso tranquilo, y anduvo unas cuantas “manzanas” hacia Chueca. Un buen paseo.

—Buenas tardes, dijo el hombre.

—Buenas tardes —contestó el recepcionista de la pensión, con una actitud anodina, mientras observaba al hombre por encima de las gafas: un pantalón de vestir, una cazadora blanca de entretiempo encima de una camisa a cuadros, unas gafas de pasta y una calva inconformista, que se dejaba crecer el pelo de los lados de la cabeza, para no parecer calvo del todo, y bastantes kilos de más.

—Reservé por internet una habitación para dos días.

—Claro, ¿me deja su DNI? Son las normas.

—Sí, aquí está.

La verdad es que el “artesano” que lo había hecho había realizado un gran trabajo, parecía auténtico, o a lo mejor lo era, salvo la foto.

—¿Pagará con tarjeta? —le preguntó el recepcionista más preocupado de acabar con el trámite que en comprobar la documentación.

—No, pagaré en metálico ahora. ¿Tiene minibar la habitación?

—No, pero pídanos lo que quiera, se lo haremos llegar, contestó el recepcionista guiñando un ojo. La 121 es la suya.

—Gracias.

El hombre, subió al primer piso y buscó la habitación número 21, pasó lentamente la tarjeta y la puerta se abrió. Magia, una habitación sencilla y pequeña, pero confortable.

Llamó a recepción y preguntó dónde podía encontrar una ferretería cerca de allí.

El recepcionista le comentó que había tenido suerte, había una muy completa justo en la calle de atrás.

Deshizo su maleta. Dentro de ella, una bolsa de viaje 72 horas de marca, un par de zapatos negros nuevos, un traje negro de seda fría, una camisa blanca y un pequeño neceser, con un kit de afeitado, tres perchas plegables y dos pequeños tubos llenos de una sustancia blanca, con una etiqueta que indicaba su antigua utilidad, crema de manos y crema de afeitar.

Colgó su traje de seda fría y la camisa en el pequeño baño y sin usar el tapón de la bañera, abrió el grifo con el agua caliente al máximo y cerró la puerta para que el pequeño espacio se llenara de vapor.



3


Marta estaba tumbada en la cama de su hotel, había acabado de ducharse, a sus 25 años era una mujer bellísima. ¿Quién no lo es a esa edad? Había pasado casi toda su infancia en casas de acogida y reformatorios.

Tumbada en la cama, su pelo negro cubría sus hombros como única muestra de pudor y a su cuerpo, enteramente depilado y totalmente descubierto y desnudo, parecía no importarle ser pasto de mirones, con la ventana de la habitación del hotel abierta de par en par.

Aprovechó para tener un momento de placer en soledad y acarició su cuerpo. Primero sus pechos y luego, con ambas manos, visitó el conocido y cálido refugio de su sexo ya húmedo, sabía que pronto volvería a tener a Jorge en su interior, pero también sabía que estar con él era como amarse sola, pero con cierta ayuda, pues él llegaría, la follaría, cumpliría con su misión, la volvería a follar, se iría, y ya está.

Amándose sola, se sorprendió al rato mordiendo la almohada para no escandalizar a los vecinos del hotel.

Habían pasado 20 minutos ya, ella no tenía nunca prisa para masturbarse.

Con el tiempo y lo vivido, había aprendido que mejor sola que mal acompañada. Después, cambió la tarjeta sim de su móvil por una Lyca, y desconecto el GPS, para que fuera imposible localizar su ubicación. Solo faltaban dos horas para el contacto.








4



—Buenas tardes.

—Buenas tardes —respondió la dependienta de la ferretería con desinterés, una mujer de mediana edad a la que seguro que la naturaleza habría dotado de virtudes ocultas, ya que lo evidente era que de simpatía y belleza, desde luego no.

El hombre, compró todo lo necesario para la labor de bricolaje que le esperaba en la habitación de la pensión, pagó en metálico, y preguntó a la dependienta dónde podía encontrar la papelería más cercana, ella le respondió sin mirarle.

—En la calle de atrás, la paralela.

Allí compró el resto de material necesario. Después, se dirigió de nuevo a la pensión, no sin antes pasar por un callejón de la plaza del Callao para encontrar, sin mucho esfuerzo, una bolsa usada de El Corte Inglés. Metió todas sus compras en ella y, después de cinco minutos de paseo forzado por las circunstancias, entró en la pensión y subió a su habitación.

Fue terrible despegar los postizos de silicona de su abdomen y caderas, pero finalmente lo consiguió. Arrojó encima de la cama los pantalones de la talla 50. Los postizos del pecho era más fácil deshacerse de ellos, eran como un sujetador. Se desnudó completamente y se metió en el pequeño cuarto de baño lleno de vapor, abrió la puerta para que se vaciara de vapor y apagó el grifo.

Sólo hicieron falta un par de horas de vapor para poder afirmar que el objetivo se había conseguido. La ropa colgada de la barra de la cortinilla de la bañera, con las perchas plegables, estaba perfectamente planchada, la puso en el armario de la habitación, cambió la tarjeta de su móvil por una Lyca y desconectó el GPS. Se dispuso a ducharse, pero antes utilizó el kit de afeitado para raparse la cabeza con mucho cuidado y, después, se afeitó. Faltaba una hora para el contacto.






























5



Para Andrés, todo era difícil y estresante, su trabajo como director de una entidad bancaria en Madrid, las tediosas reuniones con los jefes de zona, y las relaciones con sus subordinados y clientes, que fundamentalmente se basaban, en exhibir siempre ante ellos una amplia y benevolente sonrisa, y que a fuerza de entrenar durante años frente al espejo había conseguido plastificar en su cara, cual “Joker” bancario. Su barquito en Benidorm le parecía pequeño, y su nuevo Ranger Rover Evoque, poco potente, y eso sin contar que envidiaba el ático y la mujer del vecino de enfrente, algo lógico: el ático tenía una habitación más que el suyo, y la mujer del vecino, veinte años menos que él.

No había día que faltara al gimnasio, uno exclusivo y caro, en la mejor zona de la ciudad, y todos los viernes por la tarde, a las cinco; tampoco faltaba a la reunión, con algunos de sus antiguos compañeros de facultad, a un club de fumadores, donde cada uno de ellos contaba sus hazañas semanales.

Eso sí, los sábados salía a cenar con Ana a algún restaurante de lujo, al que iban dando un paseo.

Aparentemente, eran la pareja perfecta, salvo por la distancia que un observador avezado intuiría porque entre ellos, ni siquiera había una mirada de complicidad.

La conversación, en esas cenas semanales, se basaba de forma casi exclusiva en si estaba a gusto Ana con el plato servido y con el ambiente del local, el servicio, y poco más.

Ana, a menudo acudía a esas cenas con gafas de sol o sin ellas, pero muy maquillada, dependía de la “caída por la escalera” de esa semana. Esa semana acudía con ellas, a la asistenta se le olvidó planchar la camisa que Andrés quería exhibir ante sus ex compañeros de facultad el día anterior, y la culpa, por no vigilar las tareas de la asistenta, era de Ana.

Para Ana, la vida que compartía con Andrés era una vida desahogada, con barco en Benidorm, ático de lujo y coche de lujo, maquillajes caros y modelos de ropa de marca. Una vida que sólo podía comprar si estaba con Andrés, nunca la hubiera tenido si se hubiera quedado en Toledo, aunque a veces pensaba si valía la pena salir a la calle en pleno invierno con gafas de sol, porque se caía con frecuencia por la escalera y siempre sucedía, cuando Andrés estaba en casa, claro. Pero después de años de maltrato, y a sus 33, todavía era una mujer muy atractiva, atrapada en un círculo vicioso del que no podía escapar, por miedo a las consecuencias, o a que nadie creyera que aquel amable director fuera capaz de matar ni a una mosca.

Por eso, cuando años atrás atendía un viejo bar en Toledo, el negocio familiar, que servía comidas baratas a los turistas, y un hombre solo y atractivo le dijo, con una amplia sonrisa, “Por favor, señorita, ¿me trae la carta?”, quedó impresionada, entre tanto turista que la requería con un “pssss” como si fuera un cachorrillo. Y después de haber comido utilizando los cubiertos con una precisión y elegancia extrema, Ana se acercó para saber qué prefería como postre, y si quería café, y Andrés le contestó que no quería postre, pero le preguntó si tenía pareja y, al contestarle ella que no, le propuso que salieran a cenar aquella misma noche ya que al día siguiente marcharía otra vez a Madrid, y qué mejor compañía que ella para ver la ciudad.

Ana aceptó, y ahí comenzó todo. Tenía 23 años.





6



—Soy Marta.

— ¿Qué tal guapa? Soy Jorge, la última vez que vine eras una cría.

—Sólo han pasado dos años, pero me han pasado muchas cosas.

—No me gusta hablar de cuestiones personales, ya lo sabes. Dame las instrucciones.

—Periódico de mañana, mira las esquelas, las claves habituales. Establecemos nuevo contacto cuando lo tengas todo preparado, procura que esté todo. A la misma hora de hoy ¿vale?

—Ok, ¿una clave sencilla?

—Sí. Esta vez no ha hecho falta más, Jorge.

—Mejor así. Hablamos guapa, chao.

—Chao.

Jorge se puso a trabajar, puso AC/DC en su smart phone con el volumen alto, utilizó las sierras de metal y el pequeño tubito de cromo que había comprado en la ferretería para fabricar un pequeño cañón, que después acoplaría al bolígrafo de acero que había comprado en la papelería con el pegamento de metal de dos componentes para fabricar un llamativo juguete: un practico bolígrafo pistola. Solo tenía que respetar el tiempo de fraguado del pegamento y asegurarse de que el tubo estaba perfectamente centrado dentro del bolígrafo, y bien fijado por el adhesivo.

Descargó una app en su smart phone que reproducía un nivel de burbujita, de esos que utilizan los albañiles, y lo dejó encima del improvisado cañón para asegurarse de que el conjunto estaba nivelado: objetivo conseguido.

Había que esperar dos horas a que secara el pegamento de dos componentes.

Después, ajustó el tapón del lavado y vertió en él la botella de aguarrás sumergiendo los dos tubitos que había sacado de su neceser. Tan sólo en dos horas el contenido de los tubitos estaría disuelto y el cañón de su mini arma pegado al interior del bolígrafo. Sustituyó su sim por la segura.

— ¿Marta?

—Dime, Jorge, ¿cómo va el trabajo?

—Casi he terminado. ¿Has dejado mi kit de seguridad en el sitio convenido?

—Sí, ya está preparado. Ahora mismo voy a dejarlo en el lugar convenido, mañana te paso tu llave.

—Ok, mañana saldré cuando cambie el turno de recepción y compraré el periódico para informarme. Por mi parte, nada más. ¿Por la tuya?

—Tengo ganas de volver a verte.

—Mañana.

― Hasta mañana, Jorge.

Cuando Jorge reanudó su tarea estaba atardeciendo en Madrid. Un poco de maña más y el bolígrafo se convertiría en un boli-pistola. Faltaban las balas.







7



Marta se vistió, unos mini shorts y una camiseta ajustada sin sujetador, las zapatillas a juego con la camiseta, claro, salió de su hotel con una bolsa de deporte y pidió un taxi para Atocha, dio instrucciones al taxista sobre el destino, y se asombró de que aquel hombre no chocara con algún otro vehículo, porque condujo con los ojos clavados en sus tetas durante todo el camino, pensó que debía ser un superpoder que desarrollan los taxistas expertos, después de años de subir señoritas sin sujetador en el asiento de atrás.

Cuando llegó al destino, le preguntó cuánto era, pagó dejando sólo de propina unos céntimos, porque pensó que la sobada visual que se había llevado de aquel hombre era extra más que suficiente, y bajó del taxi subiéndose un poco los mini shorts para que el taxista pudiera admirar también su perfecto trasero y que su día fuera más animado. En una ciudad en la que hoy los termómetros viales marcaban 37 grados, pensó: "Para este, hoy serán 43".

Después, alquiló una taquilla con un DNI y dejó la bolsa de deporte dentro, se guardó una de las dos copias de las llaves y volvió a su hotel. De nuevo sustituyó su sim por una Lyca y se dispuso, tirada en la cama, a esperar la llamada.










8



Ana estaba tirada en el sofá con la tele encendida, dejándose hipnotizar por una película no de serie B, sino aún no clasificada, de esas que les venden a las cadenas de televisión para aletargar al público español y fomentar así la siesta, dejando las buenas para los horarios prime time, y así poder intercalar los anuncios, con cortos fragmentos de buenas películas. De repente, el hechizo se rompió al oír que sonaba el timbre.

Se levantó casi dormida, tan solo vestida con un pijama de pantalón corto y una camiseta abotonada por detrás, y miró por la mirilla de la puerta blindada que daba acceso al piso. La madre de Andrés.

Abrió la puerta y recibió a su suegra con una perfecta cordialidad largo tiempo ensayada. La madre de Andrés se sentó a sus anchas en el sofá y, después de algo más de un minuto de conversación intrascendente, soltó la misma pregunta de siempre.

— ¿Cuándo me vais a hacer abuela por fin, Ana?

—No lo tenemos planeado de momento.

—Ya le dije a Andrés que no eras la mujer adecuada para él, una mujer de verdad debe tener hijos. Además, aunque él hombre no quiera, tú sabes cómo quedarte embarazada, ¿no? Todas las mujeres sabemos que...

Ana, la interrumpió diciéndole que hablaría con Andrés.

Sonó el cerrojo de la puerta y Andrés entró casi corriendo para abrazar a su madre. Sólo eran las cuatro, normalmente los jueves volvía alrededor de las siete. Se acercó a Ana y le dio un beso en los labios.

—Cariño, ¿puedes hacer café? ¿Te apetecen también unos dulces, mamá? Ni te lo pregunto, yo prepararé una bandeja, así ayudo a Ana un poco.

Andrés entró en la cocina, Ana estaba de espaldas, la agarró de los brazos por detrás con fuerza causándole dolor y le dijo, casi gritándole al oído:

— ¿Por qué coño no le habías preparado nada a mi madre? Eres una inútil ociosa que solo se preocupa de gastarse mi dinero.

La zarandeó causándole moraduras y, como despedida, Ana sólo obtuvo una bofetada por detrás que dejó la mejilla derecha roja. Ana lloró en silencio mientras preparaba el café y escuchó un:

—"voy a servirle a mi madre ya la bandeja con los dulces, cariño, te esperamos con el café, no tardes amor".

Cuando Ana salió con la bandeja de café, su suegra se percató de la rojez, y Ana le contestó que era la alergia, que esta primavera estaba fastidiándola casi todos los días.

Esa noche, Andrés intentó de nuevo que Ana se quedara embarazada, mientras ella pensaba en su rutina de mañana. Cuando terminó, Andrés le dio su peculiar "buenas noches".

—A ver si te quedas preñada de una puta vez, joder, quiero un nieto para mi madre antes de que muera, para que sea educado como son educados los hombres de esta familia y no como los palurdos de la tuya.

Ana no dijo nada, simplemente se dio la vuelta dándole la espalda a Andrés y tocó el amuleto de la suerte que le ayudaba a dormir en paz todas las noches: una caja de anticonceptivos que escondía entre el colchón y el somier, y de cuya existencia sólo sabían ella y la asistenta.


9



Antonio era un hombre sencillo. Desde hacía tres generaciones, su familia había atendido el negocio familiar, un pequeño local cerca de las juderías de Toledo llamado, desde siempre, "Los Antonios”, porque siempre se habían llamado así los hombres de su ascendencia.

Antes de que Ana marchara a Madrid con aquel hombre importante, fantaseaba con que, algún día, el local se llamara "La tasca de Ana, de los Antonios", u otros mil nombres que se le vinieron a la cabeza antes de su marcha, pero hacía diez años ya que marchó, y aunque a veces se ilusionaba pensando que volvería algún día, sabía que se engañaba a sí mismo.

En diez años, Ana lo había visitado dos veces, y la última vez le dijo que Andrés no sabía que había venido y que debía marcharse pronto.

Antonio, hombre de edad y corneado en muchas plazas de la vida, sospechó que Ana no se sentía libre y, por lo tanto, que no era feliz. Hacía ya cinco años desde esa última visita, pero desde ese mismo momento, empezó a preguntar por los pormenores de su vida a conocidos de la capital que la conocían, aunque sólo de vista, pero todos le dijeron que era una gran señora y que su marido y ella formaban una pareja perfecta.

Antonio tenía que esperar “a puerta gayola” alguna noticia, buena o mala, que le dieran terceros, porque no podría por él mismo saber nunca directamente nada de Ana, por la falta de contacto con ella, y después lidiar también con lo que saliera de la puerta de chiqueros y, cómo no, con los clientes.

Algunos clientes le habían insinuado que el local necesitaba unas reformas, y él siempre contestaba que llevaba tres años ahorrando, pero que en cuanto la hiciera le cambiaría la vida, se sentía mal por todo, pero había encargado un presupuesto cerrado y en cuanto recibiera una respuesta, si estaba dentro de sus exiguas posibilidades económicas, reformaría su local y con ello su vida.





























10



Jorge consideró suficiente el tiempo de espera, pero permaneció tumbado en la cama una media hora más y, después, se puso un par de guantes de látex del doble fondo de su neceser, entró al baño y buscó entre el líquido blanco en el que habían convertido el aguarrás, los botecitos.

Los golpeó contra el lavado y aparecieron tres proyectiles calibre 22lr, utilizó el gel de la pensión para, con ayuda de la toalla, limpiar bien el lavado y eliminar el olor lo máximo posible.

Había valido la pena montar la operación de distracción en Londres, aunque la pintura con la que estaban rellenos los botecitos tenía base de plomo, y por los rayos X salieran dos manchas difuminadas, no quería arriesgarse a un registro de su equipaje de mano. Tenía que probar el conjunto, así que, cogió una de las tres balas, arrancó de una de ellas el proyectil de plomo blando de un mordisco, puso la pólvora dentro del lavabo y le prendió fuego, eso mitigaría también el olor de aguarrás.

Se metió dentro del armario y, allí, contra una de las esquinas, disparó; se oyó un puffffff.

Funcionaba. Todo preparado. Ya podía dormir, eran las doce. Llamó a recepción para que le despertaran a las seis.









11



Se despertó en el primer aviso del teléfono, pero descolgó y, aunque ya sabía que eran las seis de la mañana, preguntó en recepción si eran ya las seis, quería comprobar si el turno de recepción había cambiado, y así era, una voz femenina le respondió que sí. El turno de recepción había cambiado, la recepcionista no conocía al hombre extraño que ayer se alojó en la 121.

Se dio una ducha rápida y se repasó el afeitado de cabeza y barba, se vistió con su talla 42 y, antes de ponerse la chaqueta, utilizó la bolsa de El Corte Inglés para en ella el material que había utilizado la tarde anterior para fabricar su mortal juguete.

Metió la bolsa de El Corte Inglés en su bolsa de 72 horas de marca y utilizó la maleta de viaje para guardar los postizos y la ropa que le había servido de cobertura, no se preocupó por las huellas, el servicio de limpieza de la pensión lo haría.















12



Alicia estaba un poco harta, había pedido su traslado a Interpol para entrar un poco en acción, lo necesitaba después de un divorcio tormentoso y unos años en el Cuerpo Nacional de Policía poniendo denuncias de vecinas que se amenazan y se insultan por los patios de luces. Un poco de adrenalina le vendría bien, pero la misión más interesante que había tenido en dos años había sido impartir un curso de seguimiento a cinco novatos, así que, esa misma mañana, le dijo a su jefe de departamento que necesitaba un reto, pero este le contestó que si no le parecía ya un reto estar divorciada, con un niño de cinco años y trabajar doce horas al día; a lo que ella le respondió que de su vida privada se ocupaba ella, que estaba allí para hablar de su trabajo.

El jefe la miró, contó hasta diez antes de contestar y después le dijo en tono pausado:

—Vale, bájate al archivo de crímenes sin resolver durante estos cinco últimos años en Europa, busca pautas similares, modus operandi, firmas, todo lo que pueda relacionar uno con otro. A ver si resulta que tenemos un as de la investigación y no lo sabíamos.

Alicia pilló el sarcasmo final, pero se alegró, era mejor que dar cursos a novatos.

Cuando bajó al sótano, aquel paisaje no tenía nada que ver con lo que se ve en las pelis americanas.

El archivo de casos sin resolver estaba a medio informatizar, así que tuvo que buscar, entre cientos de expedientes físicos, en papel enmohecido por la humedad y con folios con manchas de aceite de lata de sardina, mejillones o atún, todos los homicidios desde esa fecha hasta cinco años atrás, tuvo que pedir otra mesa sólo para dejarlos apilados, y se puso a la tarea.


13



Jorge salió de la pensión a las ocho en punto, con una pinta impecable, erguido, con paso firme, saludó con la cabeza a la recepcionista que le devolvió el saludo con una bonita sonrisa, se llevó la tarjeta llave, después de todo no la echarían de menos al día siguiente: si la dejaba en la habitación, el siguiente turno esperaría al de la 121 para devolvérsela, creyendo que la había perdido, y si la dejaba en recepción, quedaría constancia de la hora en la que había abandonado el hostal, y a esa hora el que hubiera entregado la llave era un tío bien vestido, educado y atractivo, nada parecido al que se alojó ayer en la 121.

No fue difícil encontrar un callejón en la zona donde tirar la bolsa de El Corte Inglés a una papelera, ni tampoco andar un poco más y encontrar contenedores de reciclaje, donde abrió la maleta y depositó los postizos de silicona en el de los plásticos, la ropa, en el de esos que se dice que los reparten a los pobres, y la maleta en el contenedor de basura común. Reciclar es muy importante.

Tampoco fue difícil encontrar una cafetería agradable en la Plaza Mayor, con los servilleteros a su gusto, de esos que tienen los lados metálicos, para tomar, lo que en España ahora estaba de moda llamar, un "relaxing", y antes era un café con leche. A esa hora seguro que estaba el periódico disponible.

Entró hasta la barra del local, cogió el periódico y pidió que le sacaran un café con leche, se sentó en una mesa de la terraza de las cinco que había, todas libres, y esperó hasta que le sirvieron el café con leche.

Jorge, no era un fanático del café que servían en Madrid, pero aquel no estaba mal, dio una ojeada rápida, deteniéndose en algún artículo fingiendo leerlo, hasta que llegó a las esquelas. Ese día había tres páginas, pero no le costó detectar la correcta, en aquella ocasión se habían podido utilizar claves sencillas: tres cruces indicaban la esquela correcta, arriba una en la esquina derecha, otra en la esquina izquierda y otra abajo de la esquela, justo en el centro, y leyó:

“Don Juan Antonio Muñoz Serrano Nacido el 22 de junio de 1936 falleció ayer en la clínica Puerta de Hierro arropado por sus familiares. Sus 4 hijos y 11 nietos no le olvidarán nunca".

Los dos apellidos, o sólo el último del "fallecido", eran el nombre de la calle, la fecha de nacimiento, era el día recomendado para la acción, el número de descendientes de primer grado era el número de portal, y los descendientes de segundo o más grados, el número de puerta. En este caso, podía utilizarse esta clave sencilla. Y nadie leía las esquelas, así que... Tan sencillo como ponerle un palo a un caramelo, llamarlo chupa-chup y forrarse.

Calle Serrano 4—11

Día 22 de junio

Faltaban dos días. Pensó que era un objetivo importante: la calle donde residía y lo que le pagaban por el trabajo, así parecía indicarlo.

Jorge pensó que en las películas complicaban mucho las cosas, demasiados satélites y americanadas increíbles. Todavía estaba memorizando el mensaje cuando oyó que alguien ocupaba la mesa de atrás, sin alterarse, se incorporó un poco, para coger una servilleta y, disimuladamente, orientó la parte metálica del servilletero, para que le sirviera de espejo para ver quién era su compañero de madrugón.

Aún un poco distorsionada la imagen, se adivinaba un hombre de mucha edad. Jorge observo sus movimientos, su lenguaje corporal no indicaba que hubiera peligro alguno. El anciano se dirigió a él.

— ¿Disculpe?

—Sí, ya he terminado, ahora le doy el periódico.

—No, no, es que le he visto leer las esquelas. Nadie lo hace, me ha llamado la atención.

― Lo hago todos los días, así me aseguro de que no estoy.

—Antes, cuando la guerra, cuando yo era niño, no había esquelas, eran listados, como esos que ponen de las multas, o de si ha aprobado uno para funcionario, y todo el mundo las leía, de cabo a rabo, pero, claro, usted era demasiado joven.

—Yo no había nacido señor —dijo Jorge dudando ya de la cordura del anciano, pero resignado a tener que escuchar alguna batallita.

—De todas formas le cuento: cuando fui creciendo, mi padre, que sobrevivió a la guerra, me dijo cuando murió el gran Manolete: “Hijo, ¿sabes cómo se vuelve de una guerra?” No, le contesté yo desconcertado por la pregunta que me había hecho mi padre. “Pues sin confiarse, coño, que una vaquilla de mierda ha matado al maestro de los toreros en un pueblucho de mierda, ¿y sabes por qué? Porque a los toreros les pilla el toro cuando se confían”. Se lo digo, por si tiene que ir usted a alguna guerra, que nunca se sabe.

—Gran consejo le dio su padre, tomaré nota.

Jorge se levantó, se despidió educadamente del anciano y se dirigió al baño de la cafetería, cambió su sim por la segura y desconectó el GPS.

— ¿Qué tal, guapa?

—Yo, esperándote en el sitio convenido. ¿Todo preparado?

—Sí, ya he terminado con éxito mis tareas de “bricolaje” y he leído el periódico para informarme. Sólo me falta que me des las rutinas del objetivo y decidir el momento. Llegaré en dos minutos, estoy aquí mismo.

Jorge, no tardó en llegar a la cafetería, ni en reconocer a Marta sentada de espaldas a la pared, en la última mesa del local, para tener las espaldas cubiertas y controlar desde allí las dos entradas de la cafetería y los baños. Estaba preciosa como siempre.

Jorge se sentó a su lado y, sin decir nada, le dio un beso en los labios y ella le abrazó, dándole otro después.

—Tenía ganas de verte, cabronazo, ¿cómo estás?

—Bien. Gracias, canija. Por cierto, creo que te han crecido las tetas.

Marta rio y le dijo:

—Después me lo confirmas.

—Sí, primero el curro, dame las rutinas.

Mientras tomaban dos cocas light, Marta le dio información detallada a Jorge de las horas de entrada y salida del objetivo, gustos gastronómicos, lugares, amigos, tendencias de moda, gustos cinematográficos, sitios de compra y una escueta biografía.

Jorge apuró el último sorbo de coca light y se quedó pensativo. El objetivo no estaba solo ni un momento del día y, cuando lo estaba, había un montón de gente alrededor aunque no fuera conocida, además, la ubicación de la vivienda no ayudaba.

— ¿Qué piensas? —dijo Marta.

—Complicado, ya te habrás dado cuenta. La gente cree que, cuando vas a los mismos sitios, a las mismas horas y haces lo mismo, es fácil matarte, pero es mentira; lo que es fácil es encontrarte, matarte no, a no ser que le dé al objetivo por irse a pescar o a cazar solo, o a comprar en un sitio distinto del habitual de forma inesperada y, aunque lo hiciera, nos pillaría desprevenidos; ese arranque no estaría en la rutina que tenemos estudiada.

—Sí, me había imaginado que dirías algo así, rutinas estrictas son geniales para un seguimiento, pero no para una acción de supresión, tú me lo enseñaste, con palabritas técnicas y todo.

—Marta, me parece que el boli-pistola no va a servir para nada, trabajo perdido, es un calibre pequeño, aunque le disparara a quemarropa tendría que rematarlo y son zonas muy transitadas, demasiado riesgo, que voy a tener que montar un buen pitote para testar el tiempo de reacción de la policía, aunque en estas zonas de rutinas del objetivo, no debe ser mucho. Necesitaré también una sudadera, unas gafas de sol cutres, de esas de espejo, y unos pantalones vaqueros, de esos que lleváis ahora, que parecen sacados de un contenedor de basura. Ah, y unas zapatillas viejas. Y no te olvides de la demarcación asignada que tiene de patrulla la Guardia Civil y la Policía Nacional.

—Creo que está todo en la web, dijo Marta. ¿Y la municipal?

—No hace falta, no voy a subir a ningún gatito a un árbol, va a haber tiros, llamarán a la poli de verdad —dijo Jorge sonriendo—. Informa al enlace con el cliente que el día 22 no es seguro que culmine la acción.

—Vale, dijo Marta, después me pondré a ello, ahora quiero ver lo vejete que estás —dijo Marta balanceando las llaves de su hotel sonriendo.







































14




Ana se levantaba casi a la misma hora que Andrés, solo que, cuando él salía del baño, ella entraba y alargaba su estancia en él deliberadamente para no coincidir en la casa con Andrés, sino era estrictamente necesario. Después, su rutina era casi tan estricta como la de Andrés, o daba un paseo por la milla de oro de Madrid, o tomaba café con alguna amiga, o las dos cosas, pero siempre llegaba a casa dos horas antes que él para asegurarse que la asistenta había preparado la comida y las tareas de la casa al gusto de Andrés.

Aquel día era como otro cualquiera, salvo porque alguien, desde atrás, la saludó. Ella se volvió y era Ricardo, un notario de Madrid a punto de jubilarse, que llevaba los asuntos de Andrés y de ella desde que se casaron, era un tipo encantador, se saludaron efusivamente y Ricardo la invitó a tomar café.

Entre sorbo y sorbo, hablaron de todo un poco y Ricardo le dijo que en enero próximo se jubilaba, 35 años de ejercicio le parecían ya bastantes y que se iba a pescar a Cullera, donde tenía un lujoso apartamento en primera línea de playa, y que ahora ya, viudo desde hace años, con tres hijos y cinco nietos, tenía que pensar en él. Ana prometió que irían a visitarlo Andrés y ella, pero antes de despedirse, Ricardo recordó un detalle que hacía años olvidó.

—Ah, Ana, pasa por mi despacho mañana, ¿Recuerdas que cuando os casasteis, firmasteis unos protocolos en mi notaria? Andrés se llevó su copia, pero tú nunca recogiste la tuya, y así voy liquidando asuntos pendientes.

—Se me olvidaría —dijo Ana—, mañana me paso.

— ¿A primera hora?

—Sí, allí nos vemos.

—Hasta mañana entonces, Ana.

Ana fue puntual, a las diez menos cinco estaba en la oficina de Ricardo, le pidió a la chica de la recepción que anunciara a Don Ricardo su presencia, y dos minutos después Ricardo salió a recibirla con un cariñoso abrazo y la guio hasta su despacho.

Como corresponde entre amigos, el notario abandonó su sillón de madera, bellamente tallada y tapizado clásico, y se sentó en el otro confidente al lado de Ana, tenía unas copias autorizadas de los documentos que firmaron Ana y Andrés poco después de casarse y se los entregó.

—Gracias, Ricardo, pero ahora explícame, porque yo de estas cosas no entiendo nada.

—Normal, no es tu trabajo. Establecisteis un fideicomiso de residuo a favor de Andrés, en la figura del fideicomiso intervienen el fideicomisario y el fideicomitente, obviamente también el causante.

Ricardo se detuvo al ver la cara de perplejidad de Ana, y ella dijo:

—No me estoy enterando de nada —dijo Ana riéndose.

Ricardo rio también.

—En palabras llanas: si mueres sin hijos, se seguirá el sistema sucesorio habitual, todo para tus ascendientes salvo la parte que legalmente le corresponda a Andrés como bien ganancial, es decir, propiedades que tengáis a medias, su mitad será suya; saldos en cuentas donde seáis cotitulares, la mitad será suya en principio, y digo en principio por evitar extenderme en posibles conflictos que pueden surgir. Ahora bien, si llegáis a tener hijos y tú mueres, Ricardo se convertirá en el administrador de todos los bienes, es decir, de los que tú deberías haber heredado y al morir no has podido, por lo que aunque el heredero será el hijo común, Andrés será el administrador hasta su mayoría de edad.

— ¿Y eso? —dijo Ana aterrorizada.

—Pues porque si tu padre muere después de ti, tus hijos heredarán tu parte por sustitución tuya: la legítima de tu madre respecto del bar de Toledo y la casa que te donó allí tu padre cuando os casasteis, es decir, tu hijo heredará todo lo que era tuyo, pero el administrador de todo eso será Andrés.

—Entonces, ¿cuánto heredará mi supuesto futuro hijo? —preguntó Ana.

—Pues, en este caso, como el fideicomiso establecido es de residuo, la palabra misma lo indica: heredará lo que Andrés no se haya gastado, vendido o hipotecado cuando cumpla el niño 18 años según establecisteis, explicado todo de forma muy general para no entrar en tecnicismos.

—Dios mío, Ricardo.

—Lo firmaste Ana. Te casaste demasiado enamorada, más que para retirar las escrituras, te he hecho venir para explicártelo.

— ¿Por qué no lo hiciste antes?

—Tenemos conocidos comunes que me han dicho lo que a veces sobresale de esas gafas de sol. Ten cuidado, Ana, por favor, lo que se hizo es la forma más segura de desheredar a alguien, pero sólo si muere antes el que le va a dejar la herencia, es decir, si tenéis un hijo y tú mueres antes de su mayoría de edad. Hasta que la alcance, Andrés y sólo Andrés, puede disponer sin condición alguna ni tener que rendirle cuentas a nadie. Ten cuidado, Ana.

Ana cogió las escrituras llorando, abrazó a Ricardo y, sin decir ni una palabra, se marchó de allí.








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