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Fátima



Cèdric Daurio




Copyright © 2015 por Oscar Luis Rigiroli. Todos los derechos reservados. Ni este libro ni ninguna parte del mismo
pueden ser reproducidos o usados en forma alguna sin el permiso expreso por escrito del editor excepto por el uso de breves citas en una reseña del libro.
Publicado en 2018 en los Estados Unidos de América.

Esta obra fue publicada en 2015 con el nombre La Dama de Ébano.


  Se trata de una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes son o bien los productos de la imaginación del autor o se utilizan de una manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o eventos reales es pura coincidencia.

Índice


Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Epílogo

Del Autor

Sobre el Autor

Obras de C.Daurio

Coordenadas del Autor

Sobre el Editor


PRÓLOGO


Salió por fin del área de reclamo de equipajes del aeropuerto Kennedy de Nueva York, arrastrando su propia valija y otra con ropa informal que Fátima le había solicitado que le llevara, ya que ella había llevado consigo sólo los atuendos africanos adaptados a las reuniones que iba a sostener.

Lo primero que reconoció en el inmenso hall fue la figura imponente e inconfundible de Malik, el refugiado de la República Centroafricana que ya les había salvado de las intrigas de agentes hostiles en su anterior estadía en la ciudad. Cristian lo abrazó afectuosamente, para sorpresa del hombrón, caracterizado por una actitud más circunspecta. Malik se hizo cargo de las maletas sin el más mínimo esfuerzo, para bochorno del joven.

La Princesa se reunirá con Ud. en el hotel- le dijo, recordándole a Cristian el tratamiento regio que recibía su mujer- Hoy tuvo una reunión concertada a último momento y no pudo venir al aeropuerto como deseaba.

<< La historia de mi vida de casado>> pensó Cristian.

Ya en el automóvil preguntó a Malik si tenía novedades sobre los enfrentamientos entre los diferentes grupos étnicos africanos en el continente, y si habían tenido repercusiones entre los grupos de expatriados en Nueva York.

-En África los conflictos se han trasladado a la República Centroafricana, mi país, y posiblemente en el futuro cercano llegarán a Nigeria. Aquí la situación está más tranquila que cuando Ud. y la Princesa estuvieron hace un par de años, pero no podemos bajar la guardia.

Estas palabras recordaron a Cristian que una de las funciones de Malik era la de custodio de Fátima mientras ella se encontrara en la ciudad.

Cuando el africano estacionó frente al hotel, Cristian se sorprendió al constatar que se trataba del mismo en el que Fátima y él se habían conocido. Una oleada de recuerdos invadió su mente y un nudo se formó en su garganta, pero se abstuvo de hacer comentarios.

Cuando entraron, Fátima había recién llegado y se encontraron en el lobby del hotel. La mujer se lanzó en sus brazos en una actitud totalmente inesperada. Los huéspedes del hotel miraban de reojo a esa mujer ricamente ataviada con su vestido de seda de obvio origen étnico abrazar a un recién llegado de aspecto fatigado y ropas arrugadas. Ver la escena con el rabillo del ojo en un espejo del lobby embargó a Cristian aún más de emociones y ambos lagrimearon un poco.

Malik carraspeó para llamarlos a la realidad, y se separaron con un cierto embarazo.

-Hace sólo una semana que no nos vemos- dijo Cristian a su mujer en un tono de falso reproche.

- ¿Por qué entonces tienes los ojos rojos?

En efecto, lo que había obrado en el encuentro entre ambos no era la breve separación reciente, sino todas las vicisitudes ocurridas desde habían dejado ese mismo hotel dos años atrás, con sus alegrías y sufrimientos. Sin duda ese lapso relativamente breve había transformado sus vidas en una forma profunda y perdurable.

La mujer ya había obtenido su llave en la conserjería y lo guió hacia su habitación.

-Pero… esta es…- farfulló Cristian.

-Sí, es la misma en que estuvimos cuando nos conocimos. Estuve varios días en otra, pero encargué al concierge que me mudara a ella tan pronto se desocupara.

El detalle conmovió nuevamente al hombre. Sabía del valor de los símbolos para su esposa y de su tenacidad para lograr sus propósitos. Haber obtenido la misma habitación hablaba bien a las claras de la importancia concedida por Fátima al evento en que se habían amado por primera vez.

Entraron en el amplio cuarto y el botones dejó las maletas. Ella lo hizo sentar en la cama y sonriendo echó sus brazos en torno a su cuello.

-Mon cher, no sabes cuánto he soñado con este momento, con revivir la etapa más importante de mi vida y sentir nuevamente su sabor.



CAPÍTULO 1


Lo había estado contemplando mientras desayunaba en el amplio salón de la planta baja del hotel. Lo había visto por primera vez la semana anterior, junto con una de las mujeres mayores cuyas necesidades sexuales sin duda satisfacía. No tenía el aspecto musculoso y atlético de otros gigolós que había visto con anterioridad, pero había algo en el que le atraía poderosamente. Delgado y muy alto, de cabello rubio indisciplinado y no muy largo, tenía un aspecto un tanto frágil aunque viril; sus facciones eran finas y correctas y a la distancia le parecía que sus ojos eran claros. No excedía en mucho los veinte años.

Ella lo miraba fijamente desde su propia mesa y finalmente logró que sus miradas se cruzaran. El muchacho se percató de que ella lo estaba observando y la miró fugazmente, pero luego, seguramente por timidez, bajó sus ojos.

<< Poco seguro de sí mismo, raro en su profesión>> pensó Fátima << no creo que sea por prejuicios raciales>>.

La mujer había tomado su decisión y no se echaría atrás por una reacción tímida del muchacho. Se levantó de su mesa con elegancia natural y se dirigió resueltamente a la de él. Los ojos de los demás comensales, sobre todo los hombres, se levantaban en admiración de su magnífica silueta, causando la crispación en las damas que los acompañaban. Muy alta y esbelta, con busto erguido, cintura estrecha y glúteos prominentes, su piel renegrida brillaba con extraños destellos azules. Su cabeza y rasgos faciales eran una hermosa muestra de belleza típicamente africana en la plenitud de la vida; su andar era felino y parecía deslizarse en el espacio, con pura gracia.

El joven percibió que la mujer se le acercaba y se revolvió a la vez inquieto y excitado en su silla. Estaba acostumbrado a las aproximaciones femeninas más o menos veladas, pero quien se acercaba ahora en nada se parecía a su clientela habitual. Ya la había visto en el hotel en días anteriores, y su visión le atraía y perturbaba al mismo tiempo.

La mujer se detuvo frente a su mesa, y el joven reaccionó poniéndose de pie, y apartando una silla para que ella se sentara.

<< Buenos modales, no es neoyorquino. ¿De dónde será?>> se preguntó Fátima. Luego de unos instantes de silencio compartido ambos comenzaron a hablar al unísono.

-¿Nos conoc…?-comenzó él.

- ¿Por qué apar…- la dama interrumpió momentáneamente su alocución, pero finalmente impuso silencio al muchacho, preanunciando como serían las relaciones de allí en más-…porque apartaste tus ojos de mi cuando me miraste?

-No sé, fue una reacción instintiva.

-¡Mírame ahora!

Sus ojos mantuvieron una mirada intensa, hasta que cada uno se sintió disuelto en el otro. El simple gesto de observarse recíprocamente brindó a Fátima la información que necesitaba. Sin más preámbulos le dijo.

-Sígueme- a continuación se levantó sin mirar atrás. El muchacho, con ciertos indicios de embarazo, la siguió en dirección a los ascensores. Varios comensales hicieron comentarios en voz baja, y el concierge del hotel hizo una mueca burlesca pero discreta al botones.

Atravesaron el lobby e ingresaron a un ascensor que estaba detenido. La mujer marcó el piso 14.

La mujer abrió la puerta de la habitación 1421 y al notar una actitud dubitativa del joven, lo tomó por un brazo y lo hizo entrar. Luego lo arrastró hasta la amplia cama y lo empujó haciéndole sentar en ella. En absoluto silencio desabotonó el vestido, dejando al descubierto su magnífico cuerpo azabache. Usaba medias largas blancas de red sujetas en los muslos, una trusa breve también blanca y un corpiño que contenía sus pechos. Sin hesitar acercó su cuerpo a la cara de él, tomó su cabeza y la aproximó a su sexo, entonces rompió el silencio y le ordenó.

-Bájame la trusa….con tu boca.


Obedientemente el hombre tomó el borde de encaje entre sus dientes y comenzó el movimiento descendente, en el curso del cual su rostro rozó la piel negra y pronto llegó al vello púbico, corto pero no afeitado, Sintió una erección súbita pero continuó su tarea pasando frente a los genitales húmedos. Prosiguió hasta que la prenda estaba al nivel de los muslos, en ese momento la tomó entre sus manos y la quitó de las piernas. Entonces tomó los glúteos de la mujer entre sus manos y metió su cara en su entrepierna. Ella lo apartó con un movimiento brusco y lo empujó colocándolo de espaldas sobre el lecho, con la cabeza colgando apenas del borde lateral de la misma. Apoyando una de sus piernas en el suelo de un lado de la cabeza de él, y doblando la otra sobre la cama del otro costado, se sentó sobre su cara, poniendo en contacto directamente su sexo con sus labios. Sorprendido pero excitado, el muchacho comenzó la labor que con tanta obviedad se le imponía. La mujer, complacida por que sus intenciones habían sido bien interpretadas y aceptadas, comenzó a realizar un suave balanceo de su vientre mientras emitía susurros ininteligibles.

La africana comenzó a hamacarse en forma más enérgica y sus gemidos, casi inaudibles se hicieron más frecuentes. Al cabo de unos instantes, sin embargo, constató que en esa posición no conseguía llegar al clímax, por lo que cambió reiteradamente la posición relativa de su sexo y la cara de él. Finalmente, en medio de un vaivén descontrolado, la mujer tuvo un profundo y largo orgasmo. Momentáneamente calmadas sus ansias, cambió su postura arrodillándose sobre las almohadas en la cabecera de la cama, con las manos apoyadas en la pared y sus piernas flexionadas a noventa grados indicando al joven que prosiguiera su labor. Así sucesivamente ensayaron diversas posiciones hasta que ella experimentó un segundo clímax. Entonces, la mujer se tendió en la cama, abrió sus piernas e instruyó:

-Ahora penétrame, quiero sentirte dentro de mí.


Durante el resto de la mañana copularon tres veces, hasta quedar exhaustos lado a lado, completamente cubiertos de sudor. La extenuación finalmente venció sus resistencias y excitación y los hizo dormir durante horas.


Fátima abrió los ojos y parpadeó varias veces. Un delgado rayo de luz del sol vespertino que se filtraba entre rendijas de la persiana de enrollar le daba justo en la cara. Se vio abrazada con un hombre y lo ocurrido volvió a circular por su mente.

Se incorporó, cuidando de no despertar al muchacho y se introdujo en el baño; todos sus movimientos eran sigilosos como los de un gato. Meticulosamente se realizó una higiene íntima y luego se duchó rápidamente, poniéndose una bata sobre el cuerpo desnudo.

Luego regresó a la habitación y se sentó en un sillón frente a la cama. Miró al hombre dormido y se dispuso a realizar un balance de lo ocurrido, que venía postergando para poder saborearlo a voluntad. En efecto, los acontecimientos de esa mañana le resultaban altamente gratificantes. Venía meditando un cambio en su vida desde hacía tiempo, y estaba escogiendo qué elementos formarían parte de la nueva era. La semana anterior, cuando había visto al muchacho por primera vez entrando en una habitación del mismo piso con una mujer gorda y cincuentona, había concebido la idea de incluirlo en su red; pero hasta esa mañana eran muchos los interrogantes sobre la posibilidad y sensatez de hacerlo: ¿podría abordarlo con éxito? ¿Le interesaría a él una relación no basada en el dinero? ¿Podría manejar las situaciones que se fueran presentando a su voluntad? ¿Sería el tipo de amante vigoroso que ella necesitaba? ¿Podría despertar la devoción por ella pretendía? ¿Sería él un maleante, o drogadicto, o un sádico violento? Las dudas la asaltaban en tropel.

Fátima se sentía muy segura de su belleza, de su cuerpo y la atracción que sus rasgos exóticos ejercían en los hombres, así como de la firmeza de su carácter para llevar a cabo sus designios. Casi siempre lograba los objetivos que se proponía, pero siempre había un elemento imponderable que podía fracasar. Esta vez lo conseguido con el muchacho, cuyo nombre aun no conocía y cuya voz apenas había oído, superaba sus expectativas. Sus dudas y temores quedaron disipados, Fátima sabía que podía confiar en sus instintos. Su sensación de triunfo era completa.

Se sentó en la cama, estiró un pie e introdujo el dedo pulgar en la boca del hombre dormido. El se dio vuelta en la almohada, pero una de las características de Fátima era la persistencia en sus propósitos. Finalmente despertó, miró su pie, abrió su boca, y permitió que ella le introdujera el dedo. Entonces la mujer sonrió pero retiró el pie.

- Realmente me complacen tus instintos pero acabo de bañarme. Además, debemos conservar algo de fuego para la noche. Ahora quiero hacerte algunas preguntas y escuchar tu voz.

Él se sentó en el lecho y la miró fijamente por primera vez; sin embargo permaneció en silencio.

- ¿Cómo te llamas?- La iniciativa de la conversación la llevó la mujer.

-Cristian

-Tu acento no es estadounidense. ¿De dónde eres?

-Argentino- las respuestas siempre eran escuetas

-De modo que también tú estás lejos de casa. ¿Qué edad tienes?

-Veintidós años.


La mujer quedó doblemente complacida por la confirmación de la juventud de su conquista.

- ¿Cuanto hace que estás en Nueva York?

- Casi un año.

- ¿Y cómo llegaste aquí?

El joven se ruborizó ligeramente.

-Acompañando a… una señora.

- ¿Norteamericana?

-No, venezolana.

- ¡Que tendría edad suficiente para ser tu madre!

-SCSI, más o menos

-Y dime ¿tienes residencia en los EE.UU?

Un toque de alarma se visualizó en la cara del muchacho

-Tranquilo, no es mi intención delatarte ni perjudicarte. Fue sólo una pregunta. Pero anda, respóndela.

-No, el hecho es que sólo soy un ilegal más en esta ciudad.

- ¿Y de que vives, como te mantienes?

-Trabajo en una publicación de la comunidad portorriqueña. Soy diseñador gráfico de profesión.

-Y además, están las señoras, por supuesto.

-Si.

- ¿Cuál es tu apellido?

-Colombo. Soy Cristian Colombo.

- ¿Es un apellido italiano?

-Si, en mi país son muy frecuentes.

- ¿Dónde vives actualmente?

-Tengo alquilado un apartamento muy pequeño en Brooklyn.

- ¿En una zona conflictiva?

-Más o menos.

- ¿Quieres saber algo de mí?-preguntó la mujer.

-Por supuesto

-Pero antes dime ¿qué piensas de mí?

-Que es una dama muy hermosa; por el acento parece francesa.

- ¿Por qué piensas que soy una dama y no una prostituta?

-.Por su comportamiento…señorial.

- ¿Y de aspecto, te parezco francesa?

-No, africana.


Ella dio por concluidas las preguntas, con evidente satisfacción sobre las percepciones del hombre, y se dispuso a hablar.


-Mi nombre el Fátima, y he nacido y vivido de pequeña en Chad. ¿Tienes idea donde queda?

-Si, en el centro de África.

- Nací en una aldea animista, jaqueada por las guerras entre los musulmanes del norte y los cristianos del sur. Estas guerras han traído masacres y sufrimientos interminables- Observó al muchacho y vio que le escuchaba atentamente.

- Me he educado en Francia y hace diez años vine a los Estados Unidos a estudiar, y completé mi maestría en administración. Desde entonces cuido de los intereses de la gente de mi etnia, distribuida en mi aldea y otras vecinas. Mi padre es… digamos, la autoridad máxima de la comarca.

- ¿Tú sí eres residente en los EE.UU?

- Si, desde hace años.


La conversación se prolongó toda la tarde. Fátima estaba sutilmente comprobando el nivel intelectual y cultural del joven, e íntimamente estaba muy satisfecha con sus comprobaciones; se trataba de un hombre de mente ágil aunque a primera impresión luciera un tanto opaco. Cristian por su parte ese hallaba bajo el fuerte magnetismo de la mujer, que lo atraía irresistiblemente en lo físico, lo había cautivado con su personalidad enigmática y arrolladora, y lo acariciaba con su voz aterciopelada. Una red invisible se cernía en torno a la pareja incrementando su atracción mutua.

Al cabo de varias horas, ambos se vistieron y descendieron al restaurant ubicado en la puerta vecina a la del hotel. Fátima vestía un conjunto oscuro con pantalones muy discreto, y esta vez pasaron desapercibidos entre los pasajeros que colmaban el atestado lobby del hotel.

Al regresar a su habitación, se desvistieron rápidamente, se reclinaron en la cama, la dama volvió a colocar su delgado pie en la boca del joven, diciendo:

-Bien, veamos donde estábamos…



CAPÍTULO 2


Como lo hacía varias veces por semana, Cristian ingresó al hotel al caer la tarde. El concierge apenas lo prestó atención y siguió con sus labores; ya le resultaba suficientemente conocido.

Fátima lo esperaba vestida con un ligero deshabillé que resaltaba sus formas. Desde el comenzó Cristian percibió un ligero cambio de actitud en la mujer; había puesto una mano en su cadera, pero ella le sonrió y se soltó gentilmente. Hacía dos meses que se veían, salían a pasear por Nueva York, recorrían tiendas por departamentos a las que la africana era muy adicta, tomaban el té en salones elegantes y cenaban juntos. A su regreso al hotel, hacían el amor como si fuera la primera vez. La mujer siempre encontraba posturas adecuadas para lograr la mutua satisfacción. Cristian pronto se convenció de que no eran parte de un bagaje practicado sino el equipo instintivo con que venía dotada; ya había oído hablar de la exuberante fogosidad sexual de las mujeres de color, y esto no hacía más que confirmarlo.

Fátima, enternecida por el escaso vestuario del muchacho, había insistido en comprarle algunas prendas de vestir un poco más formales para sus salidas. Ese día parecía un poco distante.

- ¿Te ocurre algo Zouby?- Te noto preocupada.

-En realidad no estoy preocupada, pero sí tengo algo importante que decirte. Algo que tienes derecho a saber.


Nuevo silencio expectante del hombre.

-Estoy embarazada…lógicamente de ti.


El muchacho, a pesar de un ligero estremecimiento apenas perceptible, como era su costumbre hizo un respetuoso silencio hasta que ella reanudara su discurso.

-Imagino que estarás pensando “no puedes acostarte con una negra sin enterarte al día siguiente que vas a ser padre”

- ¡No! ¡No! Jamás pensaría eso de ti. Lo que quiero saber es que piensas hacer al respecto; seguir adelante o…

-Por supuesto que pienso seguir adelante con el embarazo. Tengo treinta y cuatro años y ya es hora que tenga un hijo. Además, seré honesta contigo, no he tomado ninguna precaución para evitar el embarazo porque en el fondo quiero tener un hijo tuyo.

-Bueno, esto es halagador- dijo Cristian ruborizándose un poco como era su costumbre- Entonces es una buena noticia.

-Lo es sin duda para mí, pero no quiero atarte a un compromiso que tú no has buscado. Si quieres dejarme lo entenderé.

- ¡No! De ninguna manera te dejaría. Apartarme de ti y plantarte en esta situación sería algo que no me podría perdonar- hizo una pausa- ¿Y cómo quedas tú frente a tu familia y tu gente?

-Ya hace un par de días que estoy enterada del embarazo. Ayer me comuniqué con mi madre en Chad y se lo dije. Estaba feliz porque será el primer nieto; mi única hermana es aún joven y soltera. Mi madre estaba perdiendo las esperanzas de ser abuela, lo que para una africana es devastador en un país en el que las mujeres tienen un promedio de cinco hijos…Ella va a preparar el terreno para decírselo a mi padre.

- ¿Cómo esperas que reaccione?

-Él esperaba que me casara con algún jefe tribal, por eso huí de Chad y me vine a América. Creo que la idea de tener un nieto mestizo le perturbará por un par de días, pero luego se alegrará también. Soy su hija preferida y objetivamente él necesita tener una descendencia numerosa dado su rol en la aldea. No puede ser una rama estéril.

- ¿Aceptará un nieto “mestizo” como dices tú?

-Todas las aldeas de la zona están mestizadas en alguna medida desde hace tiempo; la nuestra es la excepción. Los árabes y los franceses han dejado su huella… ¿Y bien?

- ¿Y bien qué?

- ¿Cuento contigo como padre de mi hijo?

-Por supuesto. Ya te dije que no me puedo separar de ti. Ya te siento parte de mi vida.

-Bien. Esto cambiará mucho las cosas entre nosotros. Para comenzar quiero que mañana te mudes conmigo. Voy a pedir una habitación más espaciosa en el hotel.

-Tengo pago el alquiler de mi apartamento hasta el fin de semana.

- ¡Al diablo con eso! Te mudas mañana. No quiero estar un día más alejada de ti.

Vencida su resistencia más formal que real, Cristian aceptó finalmente mudarse, pero se mostraba reflexivo y callado, por lo que la dama le preguntó.

- ¿Qué pasa por tu cabeza ahora?

- ¿Que habrías hecho si yo te hubiera contestado que prefería dejarte ante la responsabilidad de ser padre?

-Algo habría pensado para hacerte cambiar de idea.

- ¿Algo como qué?

-Persuasión, lujuria, amenazas, soborno…

Nuevo silencio de Cristian.

- ¿Y bien, que piensas ahora?- preguntó ella.

-Prefiero la lujuria, es lo que mejor se te da.

- ¡Aun no has oído mis amenazas!


Fátima lo arrastró hasta el lecho y quitó su deshabillé. Mientras se acostaba al costado del muchacho le susurró algunas palabras ininteligibles en el oído.

- ¿Qué has dicho?

-Es en nuestro dialecto- le contestó con una sonrisa- Te he dicho que el ciervo ha caído finalmente en mi trampa.

- ¿Y quién es el ciervo?-preguntó él juguetonamente ¿Y cuál es la trampa?

-Tú eres el ciervo, tonto, y la trampa la llevo entre mis piernas.

- ¿Tú has planeado todo esto?- preguntó él mientras se abrazaban y besaban apasionadamente.


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