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Nana,

cuéntame un cuento...

Canciones y cuentos clásicos para niños

Compilación: Vilma Cebrián

Edición Smashwords

Nana,

cuéntame un cuento...

Canciones y cuentos clásicos para niños

ISBN edición impresa: 978-1544755649

Compilación para este volumen:

Vilma Cebrian @ 2017

Los cuentos y canciones incluidas en esta compilación son de derechos libres

Para Ari, Elan y Lucía

con amor...

Índice

Parte I. CUENTOS CLÁSICOS PARA NIÑOS

La cenicienta

Aladino y la lámpara maravillosa

El soldadito de plomo

Caperucita roja

El gato con botas

El patito feo

Los viajes de Gulliver

Pinocho

Pollito Pito

Los tres cochinitos

Medio pollito

Parte II. CANCIONES CLÁSICAS PARA NIÑOS

El patio de mi casa

Naranja dulce

Aserrín, aserrán

A la rueda rueda

La viudita

Papeles son papeles

Tres hojitas verdes

San Serenín

Úrsula

Yo soy el que dirige

El perrito chino

La pastora

Los pollitos dicen

Cascabel

Parte I

CUENTOS CLÁSICOS PARA NIÑOS

La cenicienta

Había una vez una mujer casada con un hombre muy rico, que se enfermó repentinamente. Cuando sintió que llegaba su última hora, llamó a su pequeña hija y le dijo:

—Creo que llegó el momento fatal, hija mía. Espero que siempre seas buena, así Dios te ayudará. Por mi parte, te cuidaré desde el cielo y te estaré mirando.

Después de pronunciar estas palabras, la mujer cerró los ojos y murió. Como toda buena hija, la niña iba todos los días a la tumba de su madre, la recordaba y lloraba. Como lo que bien se enseña nunca se olvida, la niña siguió siendo muy buena y rezaba lo que su mamá le había enseñado. Después llegó el invierno, cayó mucha nieve y se cubrió con un manto blanco la tumba de la madre.

Luego, cuando salió el sol en primavera, la nieve se derritió, y el hombre rico se casó otra vez.

La segunda mujer del hombre rico llevó a la casa dos hijas que tenía. Éstas eran muy guapas y tenían la piel blanca, pero tenían los corazones feos y negros. Desde ese momento, la pobre niña huérfana empezó a pasarla muy mal.

Sus hermanastras se encargaban de eso y decían:

—No es posible que esta niña tonta conviva con nosotras —decía una.

—No estorbes, si quieres comer vete a la cocina —decía la otra.

Luego le quitaron a la niña el bonito vestido que llevaba y le pusieron un delantal gris y viejo. También le quitaron los zapatos y le dieron zuecos de madera. Y por si no fuera poco, se reían de ella, la empujaban y gritaban:

—¡Mira a la princesa, qué elegante va, pero a la cocina!

De cualquier forma la pobre niña se quedó en la cocina para trabajar ahí todo el día. Además, le hacían llevar cubetas de agua, encender el fuego, guisar, lavar, todo lo que podían darle de trabajo, mientras sus hermanastras se burlaban siempre de ella. Al caerla noche, cuando estaba cansadísima, no la dejaban dormir en su cama, sino que la obligaban a echarse en la cocina. Obviamente, se ponía muy sucia con la ceniza, y entonces empezaron a llamarla Cenicienta.

En una ocasión en que su padre tenía que viajar a otra ciudad, preguntó a sus hijastras qué regalos querían que les trajera:

—Tráeme vestidos bonitos —dijo una.

—Yo quiero perlas y brillantes —dijo la otra, no menos odiosa.

Por último, el padre preguntó a Cenicienta:

—¿Tú qué quieres, hija?

—Yo sólo te pido que me traigas la primera rama de avellano que encuentres cuando vayas por el bosque.

El papá compró los vestidos bonitos, las perlas y los brillantes para sus hijastras y de regreso por el bosque, al pasar debajo de unas matas, le dio en el sombrero una ramita de avellano. El hombre cortó la ramita y al llegar a su casa, dio a sus hijastras los regalos que le pidieron y a Cenicienta el suyo.

Lo que hizo Cenicienta fue visitar la tumba de su madre y plantar allí la ramita de avellano, pero como lloró mucho por el recuerdo de su mamá, sus lágrimas hicieron que la ramita creciera hasta convertirse en un árbol. Cenicienta visitaba la tumba de su madre tres veces al día, y como se ponía debajo del árbol y lloraba, el árbol crecía un poco; lloraba más y el árbol crecía un poco más.

Entre las ramas del árbol había un pájaro blanco que cuando veía a Cenicienta salía para llevarle en el pico lo que ella quisiera.

El día menos esperado, el rey de aquellos lares hizo preparar una fiesta muy grande. Deseaba que su hijo escogiera una buena muchacha de su reino, para que la hiciera su novia.

Cuando se enteraron las dos hermanastras se pusieron muy contentas y llamaron a Cenicienta para ordenarle:

—¡Corre, péinanos! ¡Límpianos los zapatos! ¡Abróchanos, que nos vamos a la fiesta del príncipe!

Cenicienta tuvo que obedecer pero no dejaba de sentir tristeza porque también tenía ganas de ir. Se le ocurrió decirle a su madrastra, pero ella se echó a reír:

—¡Ay tontuela! ¿Así de mugrosa como estás, sin un buen vestido y elegantes zapatillas?

Sin embargo, insistía y la madrastra le dijo:

—Bueno, voy a tirar un montón de frijoles negros en la ceniza de la cocina. Si eres capaz de recogerlos y limpiarlos antes de dos horas, podrás ir a la fiesta.

Inmediatamente Cenicienta salió al jardín y llamó a sus amigas las aves:

—¡Palomitas blancas, tortolitas, y todos los pajaritos que están en el cielo y en las ramas de los grandes árboles! ¡Ayúdenme a recoger los frijoles!

Increíblemente llegaron volando dos palomas blancas, una tórtola y muchos pajaritos, y se posaron en la ventana de la cocina. Después entraron y, con sus picos, empezaron a recoger los frijoles negros de la ceniza, y separaban los malos de los buenos. Antes de una hora, ya estaban todos los frijoles en su sitio, y los pajarillos se fueron volando. Cenicienta llevó a su madrastra un recipiente lleno de frijoles, y cuando pensaba que podría ir a la fiesta, la mísera madrastra le dijo:

—No te hagas ilusiones, no tienes vestido y tampoco sabes bailar. Todos se reirán de ti.

Cenicienta se echó a llorar. Entonces la madrastra dijo:

—Bueno, si sacas de la ceniza dos montones de frijoles que voy a echar, y los escoges bien antes de dos horas, podrás ir a la fiesta.

Esto lo decía de dientes para afuera, pero por dentro pensaba aquella mujer: “Cenicienta se pasará muchos días buscando los frijoles”.

Entonces fue a la cocina, tiró a la ceniza dos montones grandes de frijoles. Cenicienta salió otra vez al jardín y llamó a los pájaros:

—¡Palomitas blancas, amiga tórtola, pajarillos del cielo. ¡Vengan a ayudarme!

Por la ventana de la cocina entraron dos palomas blancas, la tórtola y muchos pajarillos que venían cantando, se pusieron a picotear entre la ceniza, y apartaban los frijoles para echarlos al recipiente. Terminaron en media hora, y se fueron volando. Cenicienta llevó el recipiente lleno de frijoles a su madrastra. Estaba muy contenta, porque pensaba que esta vez la dejarían ir a la fiesta. Pero aquella mujer tan malvada, le dijo:

—No puedes ir porque ni tienes vestido ni sabes bailar, y nos daría vergüenza ir contigo.

Y la miserable mujer se marchó a la fiesta con sus dos odiosas hijas.

Entonces triste y esperanzada, Cenicienta fue a la tumba de su madre, se puso debajo del avellano y dijo:

¡Oh arbolito, con este conjuro

te pido me saques de mi apuro!

Mágicamente el árbol se meneó, y el pajarillo que estaba en las ramas le arrojó a Cenicienta un vestido de oro y de plata, y unos zapatitos de seda y de plata.

Cenicienta se vistió en seguida, y se fue a la fiesta del rey. Estaba tan bella, que ni su mísera madrastra ni sus odiosas hermanastras la reconocieron, en cambio creyeron que era alguna princesa de otras tierras. Tontamente pensaban que Cenicienta estaba todavía en la cocina de su casa, recogiendo frijoles de la ceniza.

En tanto el hijo del rey, al ver a Cenicienta, se acercó a ella y de inmediato la sacó a bailar y sólo con ella quiso bailar en toda la noche, por lo que decía a las otras muchachas que querían bailar con él:

—En realidad lo siento, pero mi pareja es esta belleza.

Cenicienta, emocionada, bailó toda la noche con el hijo del rey. Cuando quiso volver a su casa, el príncipe le dijo:

—Yo te acompañaré, así sabré dónde vives.

Sin embargo, ella se escapó y se escondió en el palomar, pues tenía miedo de que el hechizo terminara. El apuesto príncipe esperó a que llegara el padre de la jovencita, y le dijo que se había escondido. El padre pensó: “¿Será Cenicienta?” Entonces le trajeron un hacha, tiró abajo el palomar, y no había nadie dentro.

Con una habilidad inusitada, Cenicienta había saltado del palomar, fue al cementerio y ahí se cambió velozmente de vestido; el pajarillo se había encargado de recoger el vestido de oro y plata. Luego, como un rayo, había vuelto Cenicienta a la cocina, con su delantal gris. Cuando la mísera madrastra y sus odiosas hijas volvieron a casa, encontraron a Cenicienta dormida en la cocina, con el delantal viejo y gris.

Al día siguiente, cuando los padres y las dos odiosísimas hijastras volvieron a la fiesta, Cenicienta nuevamente fue a la tumba de su madre y dijo al avellano:

¡Oh arbolito, con este conjuro

te pido me saques de mi apuro!


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